Tras el éxito de Superman, la segunda gran apuesta del renovado Universo DC tenía una misión complicada: demostrar que Kara Zor-El podía sostener una historia propia sin vivir a la sombra de su célebre primo. Supergirl, dirigida por Craig Gillespie y protagonizada por Milly Alcock, no solo intenta responder a esa pregunta, sino que apuesta por un camino completamente distinto. En lugar de repetir la fórmula clásica del cine de superhéroes, propone una odisea espacial con tintes de western, ciencia ficción y drama emocional. El resultado es una película valiente, imperfecta y, sobre todo, diferente.

Desde sus primeros minutos queda claro que esta no es la Supergirl optimista que gran parte del público recuerda. Kara aparece marcada por el trauma de haber visto desaparecer Krypton cuando ya tenía edad suficiente para comprender el significado de la pérdida. A diferencia de Superman, que creció entre humanos y construyó una identidad basada en la esperanza, ella carga con el peso de un mundo que sí alcanzó a conocer. Esa diferencia psicológica se convierte en el eje de toda la película.

Milly Alcock ofrece una interpretación sobresaliente. Su Supergirl transmite rabia, ironía, vulnerabilidad y un cansancio existencial que pocas veces se había visto en un personaje de DC. No necesita largos discursos para explicar su dolor; basta una mirada o un silencio para entender que debajo de la fuerza sobrehumana existe una mujer profundamente herida. Es, sin discusión, el mayor acierto de la película y la razón principal por la que la historia mantiene su fuerza incluso cuando el guion pierde ritmo.

La película adapta con libertad elementos del celebrado cómic Supergirl: Woman of Tomorrow, utilizando la relación entre Kara y Ruthye como motor narrativo. El viaje de ambas funciona como una reflexión sobre el duelo, la venganza y la posibilidad de encontrar un propósito después de la tragedia. Más que una aventura de capa y puños, Supergirl es una historia sobre dos personajes que intentan sobrevivir emocionalmente mientras recorren una galaxia hostil.

Visualmente, Craig Gillespie apuesta por escenarios extraterrestres llenos de personalidad. Hay planetas decadentes, tabernas espaciales, criaturas extravagantes y una estética que recuerda por momentos al western clásico mezclado con la ciencia ficción contemporánea. La producción evita que todo se sienta excesivamente limpio o artificial, otorgando al universo una textura más sucia y tangible que la habitual en este tipo de películas.

Sin embargo, esa ambición visual no siempre encuentra respaldo en la narrativa. El ritmo presenta altibajos importantes y algunas secuencias de acción, aunque espectaculares, terminan siendo más largas de lo necesario. En varios momentos la película parece debatirse entre desarrollar el drama de sus personajes y cumplir con las exigencias del blockbuster moderno, generando una sensación de irregularidad.

El villano tampoco alcanza el nivel que la protagonista merece. Aunque representa una amenaza física considerable, carece del desarrollo suficiente para convertirse en un antagonista memorable. Su presencia funciona más como detonante del viaje emocional de Kara que como un personaje verdaderamente complejo.

Otro aspecto discutible es el aprovechamiento del elenco secundario. Algunos personajes poseen un enorme potencial, pero aparecen durante muy poco tiempo o quedan relegados por la historia principal. Incluso ciertas participaciones especiales, pensadas para entusiasmar a los fanáticos del nuevo DCU, resultan más anecdóticas que realmente trascendentales.

No obstante, donde la película realmente encuentra su identidad es en su tono. Supergirl rechaza el optimismo luminoso que definió a Superman para explorar una heroína mucho más áspera, impulsiva e imperfecta. Esa decisión puede dividir al público, pero también demuestra que DC está dispuesto a ofrecer protagonistas con voces propias en lugar de repetir una fórmula uniforme para todos sus personajes.

La banda sonora acompaña acertadamente esa personalidad rebelde. Las canciones elegidas aportan energía y carácter sin convertirse en un recurso excesivo, reforzando la sensación de que Kara pertenece a un universo más caótico y menos idealizado que el de otros héroes.

En conjunto, Supergirl no alcanza la excelencia que prometía su extraordinario material de origen, pero tampoco merece ser reducida a una simple película de transición dentro del nuevo DCU. Sus problemas de ritmo, algunos personajes poco desarrollados y un antagonista convencional impiden que alcance todo su potencial. Sin embargo, posee algo mucho más difícil de conseguir: una protagonista inolvidable.

Milly Alcock logra apropiarse completamente del personaje y redefine a Kara Zor-El para una nueva generación. Si DC sabe construir sobre esta base, Supergirl tiene todo para convertirse en una de las figuras más interesantes de la franquicia durante los próximos años.

Conclusión 

Supergirl no reinventa el cine de superhéroes, pero sí demuestra que todavía existen historias capaces de explorar el dolor, la identidad y la esperanza desde una perspectiva diferente. Puede que no sea la película más consistente del nuevo Universo DC, pero sí una de las que más personalidad posee. Y en una industria donde muchas producciones parecen fabricadas con el mismo molde, eso ya es un auténtico superpoder.